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  • Ana Philibert

El miedo que me demostró ser valiente

Actualizado: 6 de nov de 2020

¿Con qué miedo te demostraste ser valiente? Hace poco alguien me hizo esta pregunta. Inmediatamente mi mente viajó a Bosnia, a la cima de la montaña más alta del país, en medio de una experiencia límite que sin saber en ese momento, me demostró ser valiente. Nunca me había enfrentado a una situación tan extrema ni a un miedo tan paralizante. Ese día me mostró mi valentía como ninguna otra aventura en mi vida lo había hecho antes.



Nuestra aventura empezó como cualquier otra. Habíamos encontrado el parque natural Sutjeska en Bosnia un día antes y reservamos el lugar ese mismo día en un café de carretera. Desde el inicio del viaje decidimos que sería muy fluido, tomando decisiones de a dónde ir y dónde dormir el mismo día, sin tener planes y dejando espacio para aventuras inesperadas. Pero nada nos preparó para el momento que estábamos por vivir en esas montañas.



Salimos temprano y al inicio de la ruta conocimos a Radovan, un viejito que nos invitó a su cabaña a tomar un café. Como teníamos tiempo, nos sentamos en su terraza y nos contó, en un inglés a medias, que ahí vive desde hace muchos años, que tiene sus vacas y que hace queso y leche. Terminamos el café, nos despedimos y emprendimos camino, sin saber qué más adelante Radovan sería una parte muy importante de esta historia.



Seguimos el sendero en medio de montañas y las vistas más espectaculares que he visto, tomando nuestro tiempo para parar a descansar, tomar fotos y admirar la belleza impresionante que nos rodeaba.



Después de varias horas llegamos al lago en la frontera con Montenegro y nos paramos a descansar, comer y nadar un rato. Normalmente las personas se quedan a acampar ahí o se regresan por el mismo camino, pero en la mañana habíamos decidido, sin mucha investigación, que queríamos hacer camino completo porque había unas vistas espectaculares del lago, sin pensar en lo que subir significaba.


Empezamos el acenso de la montaña, sin saber ni la altura ni el grado de dificultad, pensando que una vez llegando a la punta, el camino se volvía más fácil. Seguimos subiendo y el camino se ponía más difícil, pero no había tiempo para dudas, ya eran más de las 4 de la tarde y al parecer todavía nos faltaba mucho para llegar.


Seguimos por varias horas y el sol de la tarde junto con la neblina, creaban unas vistas aún más espectaculares, que nos hicieron parar más de una vez.


Ya cansadas, llegamos a un punto del camino donde la única opción era escalar y sin darnos cuenta, estábamos subiendo la cima de la montaña más alta de Bosnia a 2,386 metros de altura. Con mucho trabajo (y miedo) llegamos a la cima de Maglic, cuando el sol ya empezaba a bajar. Ya en la punta, nos dimos cuenta de que el único camino para descender era una ruta rocosa y muy empinada, diseñada para escaladores profesionales, con cuerdas de metal para enganchar el equipo que claramente no teníamos.





Teníamos poco tiempo para tomar una decisión, regresar y caminar de noche por cuatro horas más, pasar la noche en la montaña o bajar por ese camino empinado que nos llevaba directo a las cabañas donde habíamos dejado el coche. Entre el miedo, la prisa y la falta de información, contra todo lo que decía mi mente decidimos bajar por la opción más difícil, poniendo en riesgo nuestras vidas.


Llevábamos ya más de ocho horas caminando en la montaña y estábamos por pasar el reto más grande de nuestras vidas. Quedaba alrededor de media hora de luz y el camino parecía imposible. Creo que nunca había tenido tanto miedo en mi vida; miedo real, miedo paralizante, miedo de todo. De pisar en falso y caer, de lastimarme, de que se hiciera de noche, de no poder, de estar en una línea muy delgada entre la vida y la muerte.


Había pedazos del camino donde apenas cabía mi pie completo, partes en donde tenía que agarrarme de las cuerdas de metal para poder pasar y algunas donde al pisar las piedras se resbalaban. Cuando estás en una situación donde tu vida corre peligro, consciente de que un sólo paso en falso puede costarte la vida, el miedo se vuelve más real que nunca. Con las piernas temblando y el corazón al mil por hora, el miedo y la adrenalina cada vez eran más grandes y mi razón me decía que no lo íbamos a lograr.


De pronto algo dentro de mí me dijo que parara, que no había espacio para el miedo.Que si lo dejaba estar en mi mente por más tiempo, iba a perder. Que si quería lograr bajar, tenía que tomar la decisión de soltarlo. Que dejara de dudar de mí misma, que cambiara mis pensamientos y que me hiciera cien por ciento presente. De la nada llegó a mi mente una frase: ”soy una guerrera, estoy protegida”, y sin pensarlo la repetí a cada paso, en total presencia, hasta que el miedo bajó y surgió un sentimiento de poder y fuerza que me dio la certeza de que en medio de todo este peligro, iba a estar bien.


No llevábamos ni la mitad del camino cuando se hizo de noche. Me senté para buscar mi linterna, que apenas alumbraba y que tuve que ponerme en la boca para usar las manos en la bajada. Dejamos de ver las señales en la montaña que indicaban el camino y el miedo regresó cuando Mariana empezó a gritar para que nos ayudaran. “Heeeeeelp”, “heeeelp us!”, el eco de su voz en la montaña hizo que me sintiera más vulnerable y en peligro.

Rodeadas de completa oscuridad, seguimos bajando como pudimos, gritando por ayuda hasta que a lo lejos se encendió una linterna que nos empezó a hacer señales. Era Radovan, quien le avisó al guardián de la montaña y nos dijo que no nos moviéramos de ahí. Esperamos lo que se me hizo una eternidad y llegaron dos hombres a ayudarnos, con luces que alumbraban más y con experiencia del camino, logramos seguir bajando. A esas alturas del camino, mis piernas ya no respondían y me caía cada cuatro pasos, sin fuerza pero sabiendo que lo peor ya había pasado.

Por fin llegamos al campamento y me acosté en una banca. El cielo más impresionante que he visto, lleno de estrellas me hizo sentir una presencia y una paz increíbles y no pude evitar llorar. De emoción, de liberación, de agradecimiento. Por lo que acabamos de pasar, por estar ahí, por estar viva.

Hoy sigo sin saber cómo lo logramos. Fue el reto físico y mental más grande de mi vida y al ver la montaña desde abajo al día siguiente no podía explicarme cómo no nos pasó nada. No hay una explicación lógica para que tres personas sin la más mínima preparación, sin equipo, sin agua, con el cansancio de la subida y de noche, hayamos bajado esa montaña intactas. Pero aquí estoy, contando esta historia. Una historia que hubiera sido muy diferente si me hubiera dejado vencer por el miedo.


Esta montaña me hizo entender que el miedo puede ser nuestro peor enemigo, al grado de paralizarnos y hacernos caer. Pero que siempre tenemos la opción de darle la vuelta y confiar en nuestro poder. Aprendí que siempre podemos transformar ese miedo en valentía, aún en las circunstancias más difíciles.

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