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  • Ana Philibert

Las coordenadas que nos eligen

Actualizado: 19 sept 2021

08 ° 49′53 ″ S, 115 ° 05′13 ″ E

Uluwatu, Bali, Indonesia.


A veces elegimos las coordenadas y, a veces, las coordenadas nos eligen a nosotros.


Hace muchos años aprendí que puedo elegir las coordenadas donde quiero estar. He aprovechado y disfrutado de esta libertad, moviéndome mucho y viviendo en lugares con los que soñaba. Pero esta es la primera vez que acabo viviendo en un lugar que no tenía ni idea que existía. Llevaba años soñando con Bali y definitivamente yo elegí sus coordenadas. ¿Pero Uluwatu? Uluwatu me eligió a mí.


Pasé mi primer mes en Bali, viviendo en Canggu. Un lugar lleno de cosas que hacer, emprendedores y creativos trabajando en cafecitos, muchas motos y un poco de caos. Elegí Canggu porque una amiga vivía ahí y quería experimentarlo, pero siempre supe que sería por poco tiempo, así que cuando se acabó el mes, estaba lista para un cambio.


Empecé a buscar casa en Ubud, cuando apareció en Instagram un lugar que se rentaba en otro pueblo, enfrente de la playa. Unas fotos y un par de videos, fueron suficientes para convencer a mi mente de lo que mi intuición ya sabía, así que sin conocer el lugar en persona, decidí rentarlo y mudarme a Uluwatu una semana después.



Un pueblo playero con una sola calle principal, Uluwatu es el mejor lugar para una vida tranquila lejos de la ciudad y cerca del mar. Cafés, restaurantes y tiendas de surf, acompañan la calle a curvas, transitada por motos con tablas de surf y melenas mojadas por el mar, volando en el aire.



El mar turquesa con trazos en diferentes tonos de azul, las grandes rocas que intervienen las playas, los acantilados con vistas impresionantes y las pequeñas callecitas delineadas por cientos de árboles, hacen de este lugar un paraíso.



Me gusta esta sensación de vivir en una isla y aunque desde que llegué a Bali sé que vivo en una, la sensación que me da tener 180 grados de vista al mar y estar rodeada de selva, me hacen sentir isleña de verdad.



Un turismo ausente por más de un año, devolvió a esta playa a su estado casi virgen. Pequeños techos de madera con letreros viejos, eran locales donde se vendían cervezas o cocos. Ahora son solo estructuras abandonadas, desgastadas por el clima y el paso del tiempo, que dan sombra a las pocas personas que vienen a pasar el día. Antes una playa turística, ahora es casi completamente para mí.



Dos días antes de llegar a Uluwatu, anunciaron un lockdown en todo Bali. Lo que se convirtió en un encierro obligado de un mes, que hizo casi imposible que conociera gente y me regaló mucho tiempo conmigo. Entendí que este lugar había aparecido para contenerme y al mismo tiempo expandirme, para compartir mis días con la playa, para sentirme libre y no encerrada.



Uluwatu me ha mostrado una vida más simple, sin prisa. Amanecer sin despertador, con el sonido de las olas. Recibir el día con el sol asomándose tras la montaña. Flotar en el mar y secarme con el sol. Arena entre los dedos de mis pies y pecas que se unen poco a poco a la colección—de pequeños souvenirs de los días felices de sol de mi vida—en mi cara.



Las tardes tranquilas en la playa, esperando a que se meta el sol, me han regalado los mejores atardeceres de mi vida. Por la tarde, la marea baja y el mar se queda quieto, reflejando los colores como un espejo, multiplicando en el mar cualquier espectáculo que esté pasando en el cielo.



Este lugar me conecta profundamente a la naturaleza, a una espiritualidad cada vez más entrelazada con ella. Me conecta a los elementos, al sol y la luna. Medito diario desde que llegué, algo que nunca había pasado desde que empecé con la meditación hace unos años. Pero este lugar me conecta, me inspira.



La creatividad tiene más espacio y me visita más seguido. Escribo diario; saboreo las palabras y disfruto ver cómo se van tejiendo para revivir momentos y contar historias. Uso más seguido mi cámara, sobre todo la análoga, como una niña con juguete nuevo. Juego a pintar con acuarelas y a tocar los pocos acordes que sé en la guitarra.


El lockdown empezó a desvanecerse y—junto con los restaurantes—se abrieron nuevas posibilidades. Encontré mis lugares favoritos, donde me llaman por mi nombre y saben cómo tomo mi café. Oficinas temporales que me llenan de inspiración.



Empecé a conocer gente y a formar parte de círculos, fogatas y ceremonias; a ser parte de una comunidad que me recibió con los brazos abiertos y me hizo sentir parte de algo desde el primer momento.





Llegué aquí sin saber qué me esperaba, sin saber que me iba a enamorar completamente del lugar. De este lugar que me tomó por sorpresa y que ahora siento tan mío. Que me ancló más a la naturaleza a un nivel más profundo y me conectó a la música como nunca antes. Que me permitió vencer mi miedo de andar en moto. Que me dio círculos y nuevos amigos; momentos profundos conmigo y otros en comunidad.



Gracias Uluwatu por elegirme, por contenerme, por sorprenderme cada día. Por hacerme más feliz y un poco más pecosa.

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