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  • Ana Philibert

Mi nido en Ubud

Actualizado: 28 ene

Las palabras empiezan a formar oraciones en mi mente, aún mucho antes de sentarme a escribir. Llevaba varios meses sin escribir por aquí y por fin llegó el sábado, el día que me prometí darme la mañana para hacerlo.


Así que aquí estoy, con mi café, que también había dejado descansar un tiempo. Tomo el primer trago y recuerdo lo mucho que me gusta, sobre todo el de mi lugar favorito aquí en Ubud.


Escribo las primeras palabras, recordando lo mucho que disfruto escribir. Pauso; en realidad no tengo un tema en mente para un artículo. Tengo muchos borradores que quiero compartir, pero esta vez quiero empezar algo totalmente nuevo. No sé bien qué, pero las palabras parecen estar fluyendo, así que sigo.


Otro trago de café y pienso que tal vez este sea mi nuevo ritual de los sábados: café y escritura. Me gusta esto de tener rituales semanales y lugares favoritos.


La última vez que escribí por aquí fue cuando aún vivía en Uluwatu y ahora vivo en Ubud. Cambié la playa por la selva y por primera vez en más de un año, cambié las alas por las raíces. Guardé la mochila y compré una licuadora, lo que extrañamente me hizo sentir que aquí vivo. Después de varios meses de movimiento constante, por fin me siento en casa.


Mi nido—porque es un nido—rodeado de selva con una terraza volada entre árboles, me hizo sentir enraizada desde el primer momento. Me hizo darme cuenta de cuánto necesitaba ya una temporada de estabilidad, de casa CASA.



He disfrutado el proceso de hacer este lugar mi casa, de adornarla, de poner plantas, de arreglar la cocina, de tener mi rutina, de caminar en las terrazas de arroz en las mañanas o en las tardes. Disfruto las tormentas que trae la temporada de lluvias, que me regalan siempre una cascada en la puerta de mi casa.



Disfruto tanto mi casa que a veces no quiero salir ni a la esquina. Aunque las esquinas de mi calle también me encantan. Cosas tan simples como caminar a la lavandería o comer en el warung (restaurante o “fondita") donde ya me hice amiga de Nyomang, me hacen sentir parte del pueblo y me permiten ver una vida balinesa más tradicional.


Poco a poco empiezo a formar parte de la vida local, los vecinos ya me conocen y me han invitado a sus ceremonias. Todas las mañanas veo a la gente poniendo sus ofrenda o trabajando sus campos de arroz. Es muy común ver señoras cargando ofrendas, canastas, costales o cualquier cosa en sus cabezas. Motos que transportan de TODO y en grandes cantidades.



Ubud es un pueblo en el centro de la isla, rodeado de selva, campos de arroz, ríos y cascadas. Templos balineses, casas típicas y mercados locales se mezclan entre callecitas con cafés, centros de yoga y restaurantes veganos. Antes de que cerrara al turismo, Ubud era el destino por excelencia de yoguis y personas en una búsqueda espiritual.


Hace dos años me hice la pregunta ¿alas o raíces? El gran contraste entre mis ganas de explorar y mi necesitad de estabilidad, me llevaron a cuestionarme varias veces qué era lo que en verdad quería y si podía tener las dos o tenía que elegir una. Sigo contestándome esta pregunta (y escribiendo mucho del tema), entendiendo que puedo tener temporadas de alas y temporadas de raíces.



Por ahora, después de cuatro meses de raíces, de por fin sentirme en casa, cada célula de mi cuerpo me agradece la estabilidad, la contención y el cuidado que puedo darme en este espacio. Mi mente y mi cuerpo me agradecen poder descansar en la certeza de que por un rato aquí me quedo, en este nido, en esta selva, en esta isla que cada vez amo más. Y eso se siente delicioso.

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