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  • Ana Philibert

¿Qué se siente África?



Abro mi cuaderno amarillo en una página al azar. Es un 20 de enero y estoy en un avión de regreso a México, después de haber vivido cinco meses en África. “Estoy en un limbo entre África y México” empiezo a escribir, “en una transición entre una vida y otra”.


Paso las hojas hacia atrás para leer relatos de esa vida y sigo jugando a abrir el cuaderno en diferentes partes para ver lo que los recuerdos quieren contarme. Leo de forma aleatoria momentos que fueron llenando este cuadernito y al ir pasando las páginas me doy cuenta que más allá de los recuerdos, lo que me queda de esta experiencia es lo que se sintió. La sensación de África es algo que tal vez no se pueda transmitir con palabras, pero este es mi intento de hacerlo.



Alguna vez me preguntaron “¿qué se siente África?”. En ese momento lo que se me vino a la mente fue “libertad”. Libertad de vivir con poco y tan simple, de estar rodeado por kilómetros y kilómetros de naturaleza y de ver animales corriendo en su hábitat natural. La sensación que transmiten los niños que juegan encueraditos en el mar o que corren por la sabana sin ninguna preocupación.



Sigo pensando que África transmite esa libertad, pero si hoy me hicieran la misma pregunta, respondería de forma diferente, porque creo que África se siente de muchas formas más.



Se siente como el sol en tu cara y el color naranja del final de la tarde. Como el abrazo de un niño que corre hacia ti cuando llegas o el canto de mujeres Maasai en una ceremonia.


Se siente como la tierra que te cubre por completo al final del día o las miles de moscas que nunca te dejan en paz. Como el calor de una fogata al llegar la noche, la magia de millones de estrellas en el cielo y lo vibrante de los colores en una túnica Maasai.



Se siente libre, genuino y alegre.


Se siente como música en el cuerpo y tambores que te hacen bailar. Armonía en el sonido de una frase en Swahili y curiosidad en el chasquido de las palabras en Xhosa.



Huele a humo constantemente y sabe a “chapati” en las mañanas y a “pili pili” a la hora de comer. Sabe también a un café bien fuerte compartido con locales y a los nuevos sabores de puestitos en la calle.


Es comer en el piso y con las manos. Experimentar una cultura que no para de sorprenderte y una felicidad que nunca se va.



Se siente como miles de momentos con la “piel chinita” y las risas contagiosas de los niños. Como la fuerza de la conexión humana que se logra sin hablar.



Como la adrenalina de ver a un león a dos metros o lo emocionante de entrar en una “boma” y descubrir el mundo de una familia.



Se siente alegría al pasar de ser un “mzungu” (blanco/extranjero) a ser parte de la tribu y que te digan por tu nombre. Se siente ligereza al salir de la comodidad para darte cuenta de lo poco que necesitas para ser feliz.



Se siente desconocido y familiar al mismo tiempo. Imponente, remoto y profundo.



Se siente como cumplir un sueño que parecía imposible. Como algo que llega a tu vida y la cambia para siempre.




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