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  • Ana Philibert

Los ciclos y el arroz




El sonido de un viejo tractor me llevó a mi ventana para presenciar el inicio de una de las actividades más importantes en la cultura balinesa: el cultivo de los campos de arroz. Esa ventana se convirtió en mi acceso directo a una realidad nueva para mí y a una conexión más profunda con la cultura, con la tierra y los ciclos. A una noción diferente del paso del tiempo y a una admiración por las personas que cultivan estos campos.


El arado de la tierra marcó el inicio de un periodo de casi cuatro meses. Para mí, el inicio de una nueva curiosidad por los arrozales y un pequeño proyecto fotográfico para documentar el proceso. Cuatro meses de observar, esperar, hacer preguntas y fotografiar. Este tiempo me permitió formar una conexión con los arrozales y los agricultores de los campos a mi alrededor.

Ketut es el dueño de la terraza frente a mi casa, un señor de unos 75 años, que cuando coincidimos a través de mi ventana—yo de una lado trabajando en la computadora, él del otro trabajando en su tierra—nos saludamos a lo lejos o nos deseamos buenos días intercambiando un “selamat pagi”. Wayan, a quien conocí un amanecer en mi caminata, mientras él sembraba su campo y yo fotografiaba el proceso, ahora me saluda con una sonrisa cada vez que nos vemos en el arrozal o nos cruzamos en la calle.




El arroz para los balineses, además de ser la base de su alimentación, es parte integral de su cultura y vida diaria. Lo comen en todas sus comidas, incluso en el desayuno; dice Komang que es lo único que de verdad llena. Las actividades de un campo de arroz son llevadas a cabo siempre en grupo y una sola terraza puede dar alimento a varias familias durante el año. Por generaciones el arroz ha sido un lazo que une a la comunidad.

En la cosmovisión balinesa, se cree que Dewi Sri, la diosa del arroz y la fertilidad, y Dewa Wisnu el dios del agua, son los que hacen posible este proceso. En agradecimiento y para pedir una buena cosecha, se hacen rituales a estos dioses antes de la siembra, durante el crecimiento y al final de la cosecha.

El arroz tiene un rol muy importante en la vida espiritual cotidiana, siendo parte central de los rituales y ceremonias. Día a día, se coloca dentro de las ofrendas o Canang Sari, que se ponen en las entradas de las casas y templos.



En días especiales, toda la comunidad se junta en los templos y durante la ceremonia se hacen rezos con flores que se sellan con granos de arroz remojados en agua bendita, y que cada quien—eligiendo sólo los mejores granos— coloca en su frente, cuello y cabeza para fortalecer su conexión a los dioses.



Con el paso de los días fui presenciando el crecimiento de los pastos en plena temporada de lluvias, observando el cambio de verde a amarillo y cómo empezaron a dar su fruto. Pronto llegaron los pájaros en busca de alimento y con ellos, diferentes trucos y ruidos para asustarlos.


Poco a poco, los campos empezaron a ser cultivados y así, exactamente 112 días después del arado de la tierra, un grupo de unas diez personas llegaron al arrozal frente a mi ventana, con sus sombreros de paja típicos y herramientas para la cosecha. Cortaron y recolectaron lo que por meses esperaron pacientemente a que se convirtiera en alimento, y por horas llevaban montones de pasto a procesar con un sistema de redes y canastos.



Preparar la tierra, sembrar, esperar, cuidar, esperar un poco más. Cortar, recolectar, procesar, quemar el resto. Comerlo, venderlo o usarlo en ceremonias. Volver a empezar. Ciclos de cuatro meses, con tres temporadas al año y dos momentos muy importantes: la siembra y la cosecha. Meses de trabajo en equipo, donde los miembros se juntan para sembrar en los amaneceres, se dividen tareas del cuidado durante meses y finalmente se unen para cultivar el fruto del esfuerzo comunitario.



En octubre llegué a esta casa y días después empezó este proceso y con él, mi ciclo en este lugar. La primera temporada de ser testigo del arroz en todas sus fases, terminó el 4 de febrero con la cosecha del campo. Ese día además de fotografiar, empecé a escribir estas palabras, inspirada por todo lo que vi y la metáfora con los ciclos en la vida. Pero quería aprender más, observar más, así que dejé las palabras en borrador; así como los pastos, necesitaban tiempo para madurar.



El arrozal estuvo vacío por un tiempo, esperando las semillas de un nuevo comienzo, una pausa entre la cosecha y el arado; entre el fin y el inicio. Ahora, un mes y medio después, el ciclo empieza de nuevo. Mañanas de preparar la tierra y sembrarla; pequeños brotes esperando que pasen los días para convertirse en arroz.



Esta tierra es de ciclos. Ciclos que inician y terminan, que vuelven a empezar. Las estaciones, las fases de la luna y en este caso el ciclo del arroz, nos conectan con la naturaleza cíclica de la vida y nos recuerdan que todo tiene un inicio y un fin; que el cambio es natural y constante y que nosotros somos cíclicos también. Nos invitan a movernos con el flujo de la vida y a honrar cada una de sus fases.


Donde sea que estemos en nuestro propio ciclo: preparando el terreno, sembrando algo nuevo, trabajando para el crecimiento, esperando pacientes el fruto, cosechando y disfrutando, o quemando para soltar y volver a empezar; observar la naturaleza nos recuerda que todo pasa, que todo está en constante movimiento y que todo es una fase más del gran ciclo de la vida.


Con mucho agradecimiento a las personas que me inspiraron, contestaron mis preguntas y formaron parte de esta historia y fotografías.



Durante esos meses de observación, grabé pequeños videos desde mi ventana para ver el crecimiento del arroz, este es el resultado.


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